20 dic. 2010

Dos osos polares

Siempre voy a tenerte que agradecer las palabras con las que cubrías la oscuridad de mi cuarto cada madrugada perdida en los meses congelados. La mano sobre la mano, los labios sobre los labios. Te debo la carcajada que me arrancaste en el paréntesis de lo inesperado con una mirada que no dejaba de brillar, mientras hablabas con preguntas, siempre que tenías ganas de hablar sin pensar en lo que habías preguntado.

Y siempre serás el tiempo continuo, la protección, el final y el principio de todo aquello nunca llega a considerarse acabado. Serás la fotografía de mis días, el color de los recuerdos y la rabia con la que la piel desgarra la piel.

Lento, en un enfoque lento y pausado, sin saber cómo te habrás convertido en el sueño infinito de un par de pupilas asustadas, en el aliento indispensable, en el sabor salado de aquellas lágrimas que sin llegar, un días recordarás que me provocabas.

Al final de camino tus huellas y las mías sobre el hielo quebradizo de la añoranza. Juntos, como si nunca hubiésemos sido dos desconocidos sobre esta superficie aterciopelada. Juntos en el final del abrazo, en el principio del beso, en la caricia de las pestañas. Juntos, como si no hubieses existido nunca fuera del sueño más profundo de mi alma.


(18-12-2010, "en el sueño más profundo, de lo más profundo de mi alma")

No hay comentarios:

Publicar un comentario