17 oct. 2010

Color

El lugar que habito se esconde en la geografía de una altura cromática.

Abajo están sus casas, casas entre pendientes, gatos y ventanas. Ventanas abiertas donde se acumulan los recuerdos de mi infancia acalorada. Casas con olor a demolición, con aroma a una perturbada poesía que besaba una piel tostada. Hogar de acordes, de palabras y tiempo muerto al calor del frío sentimiento de no poder hacer nada más, que nada.
Lejos, lejos de todo aquello quedan sus colinas, flaqueando mis sueños con cabellos de tierra rubia y polvorosa. Un camino que impide mi ascenso, que retrasa lo que tantas veces intenté cumplir y nunca lograba. Terreno que seca mi garganta y humedece mis pupilas que buscan aire gris, aire azul y helado, mezclado con la sal de mi sudor y la arena entre mis pestañas.

Arriba, al final del ascenso polvoriento está la atmósfera gris, esa atmósfera helada, con su océano violento, cada vez más cerca, con su azul eléctrico, al final de aquella carretera mojada. Carretera que camino, mientras los átomos de agua se pegan entre mis palabras. Serpiente oscura de silencio y al fondo, sus siluetas recortadas. Siluetas de una formación de deseos que arrasan mi camino con silencio en la mirada. Son ellas, todas y cada una, caminando deprisa, atravesando mi ilusión con impares puñales de venganza.

Y al final de todo, al final están las olas enredadas, el océano. Al final de todo siempre está el agua. Veo tus ojos, y beso tu espalda, mientras mis pies se hunden en la arena, mientras mi cuerpo no es nunca más nada. Y entonces vuelo, vuelo sobre las olas y el aire gris se clava en mi cara. Y entonces vuelo, y te toco, como algo que está más allá, como algo que no existe si no se le habla. En lo más alto del azul olvidado, en lo más profundo del sueño de mi alma. Entonces vuelo y ahí estás tú, en un mundo viejo, entre el temblor de mis sábanas...


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