9 ene. 2010

La epidemia de las cosas feas

Tosió el corazón almidonado de recuerdos mientras el niño tonto se sorbía los mocos con la complacencia palaciega de un rencor oculto tras la mirada.
Entre las nubes de una tormenta infinita, la jaqueca le hizo jaque al mate caliente de tus manos y tus ojos mentirosos sonreían en un color verdiazul a los deseos que nunca compartimos.
Un estornudo de reproches chocó contra la almohada cubierta por las carcajas de la noche y el insomnio de un muro hecho escombros por una perdición egoista.
La epidemia de las cosas feas empieza donde acaban las reglas sobre como hacer trampas al viento caprichoso que hace tiritar mis versos.

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