1 sept. 2011

Siete y medio, ocho alto.

Estoy sentado en una silla de madera, madera marrón, vieja y desastillada, como si el tiempo hubiese sido un perro rabioso que le mordía las patas. Estoy sentado en medio de este escenario iluminado por cientos de bombillas brillantes que titilan con el oxígeno de la sala. Y tú al otro lado, como siempre en silencio has posado tus ojos en un punto impreciso mientras yo le pongo nombre a tus canciones. Y tú al otro lado, nerviosa, como nunca debiste haberlo estado en el momento en el que la música rompió los tabiques y nos quebró los abrazos.

Nunca es mejor momento para hacerlo tan mal como siempre, y te vas y me arrepiento, y te vas, y cazar aviones en el cielo ya no me sirve. Y la nota de tus besos aprueba un mar de dudas donde naufragué sentado en una balsa de metal. Y yo sentado en una silla, y tú al otro lado cultivando mil razones para volver. La luz, la música y el parque.

Y llegó el abrazo, y luego el vacío, y llegó tu espalda en la calle, y luego te amé...

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