17 dic. 2009

Pastillas para dormir cigarros para quemar

De chico le tenía miedo a las cosquillas. Todas las noches soñaba con que una anciana me perseguía por un largo pasillo y que por más que yo corriese, ella siempre acababa por atraparme y no paraba de clavarme sus dedos afilados entre mis costillas.

El tiempo borró esos sueños cansados y los sustituyó por otros cargados de agua que hacían que me despertara con los ojos empapados en lágrimas de cristal salado, sueños donde la calma de los versos que aun había de escribir me enseñaba a contar los besos que las sirenas me tiraban desde un mar negro y púrpura.

De pronto los años se fugaron con mis mejores sueños. En la oscuridad de la cama muchas noches pasé rascando y rascando y siempre acababa encontrándome con el hueso de la desesperación.

Me burlé de los cantos de cisne, arranqué el musgo naciente en las sábanas húmedas mi adolescencia, me caí de una balsa de tela y quemé las astillas de una guitarra fandanguera. Fui un tonto completo a tiempo parcial en la vida del éxito, madrugué cada madrugada y canté al amanecer con algunos gallos. Perdí la batalla del corazón contra un vaso de ron, me gané más de un bofetazo y más de un achuchón.

Ahora uso pastillas para dormir y cigarros para quemar, pañales para malcriados, reproches gastados, nudos anudados. Ahora compro caricias a peso, historias en racimos de uvas secas, ahora me toca pelar la pava al fresco de tu espalda, ahora me callo, ahora me quedo en silencio, viendo venir lo que venga, viendo pasar lo pasado.

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